TrADiciÓN y MOdeRNidAd En eL CuErPo… TexTOs iTInErANtEs

Publicado: febrero 13, 2007 en MEmbITA, ENtRe La MOdeRNidAD y EL olVIDo

Jannette González Pulgar

Lic. en Lengua y Lit. Hispánica

INTRODUCCIÓN: EL ANTES Y EL DESPUÉS.

Llegué! Acomode sus cositas y conozca su entorno. No importa, ya se acostumbrará. Si no es para tanto. Bueno, no hay mar… las distancias son más extensas… hay más ruido… no tiene amigos… ni bosques… ni padres… ni aire… pero… usted lo eligió, no? Pero mijita, no sea regalona, para qué se hace problemas… no la entiendo… por qué llora, no se vaya a enfermar, pues. ¿Qué te pasa? Extrañas tu casa. Demás… pero… por qué no congelas. Mamá, si la hijita está sufriendo tanto debería congelar… Pero cómo, papi, si le está yendo tan bien en la Universidad… deja que se acostumbre, que conozca, si es tan independiente y sociable, démosle un tiempo y verás…

Han pasado tres años. Desde que llegó la niña. Ahora es una mujer. Hizo muchos amigos, una nueva familia. Ha deambulado por muchas casas, y a medida que nos acercamos al presente está más cómoda. Ha vivido una infinidad de procesos, ha recorrido una inmensidad de caminos. ¿Se acostumbró entonces? Sí, pero los primeros pasos fueron abatidos por el cemento, el gris se le pegó a la cara, y mientras iba mirando hacia atrás un nuevo pasado se le aparecía…

¡Qué bonito, de Chiloé! Yo fui un verano, me acuerdo que… Entonces fuimos a… Y nos pasó que… Demás que conoces a la señora tantito, ah ¿no? Pero, si vivía en… Pucha, si es tan chiquito, yo creía que… Y de tan lejos, ¿no extrañas? Yo no podría.

Un lugar lejano, con tiempos distintos, donde todavía sobreviven prácticas antiquísimas. Un tiempo mítico, nos diría Paz. Una isla – poesía, un lugar donde el hombre vive más cercano a la Naturaleza, donde la palabra está más cercana a la cosa.

Porque también hay poesía en las cunetas de los caminos rurales repletas de cajitas verdes con amarillo, donde un “Canepa” o “Gran portón” se hace fractal cerca de cada garita. Claro, la palabra más cercana al referente, ¿no?

Ese pasado que se reconstruye desde el presente se pinta distinto, es un pasado otro visto con ojos otros. La isla: poesía o antipoesía, es insertada en el proceso mundial y vemos sus cambios en función de eso.

La isleña – emigrante tiene los mismos ojos, pero ahora focalizan distinto. Por supuesto que es fácil descubrir su cosmovisión detrás de sus especulaciones, pero también la influencia de aquella institución y carrera por la cual dejó su origen, para buscar nuevos caminos. Tal vez, la influencia de un curso donde se problematiza la situación del mundo, sus cambios, los cómo, las consecuencias; donde la toma de conciencia del antes y el después, son el lente de dicho foco, de esos ojos que hacen clic a cada rato, finalizando el día con una infinidad de fotografías.

Algunas de aquellas fotografías, al parecer, ya tiene un ordenamiento. Existe una secuencia autobiográfica que devela una isla en procesos, pugnando cada día entre la tradición y la modernidad. Es una secuencia que se manifiesta isotópicamente en el cuerpo, es un tejido que construye identidad, un tejido de la memoria, por lo cual fue necesario recordar cómo el enfrentamiento a la urbe le rasgó los puntos, haciéndose necesario acudir al origen y cuestionarlo para reconstruir los puntos perdidos, aferrándose a las propias manos. Es un tejer diario y manual que ha durado más de dos años para obtener la forma actual. Aunque, hay que decirlo, es una forma que también irá cambiando.

I. Tradición y modernidad en el cuerpo… textos itinerantes

Introducidos en el circular mercado de Castro o caminando por los puestos artesanales que recorren la serpenteada costanera de Ancud, nos encontramos con abrigos, bufandas, morrales, faldas….. una serie de vestimentas y artículos – especialmente femeninos – de variados colores obtenidos de flores, barros, tallos, raíces, frutos o anilinas, tejidos a palillo, a crochet o a telar: manual o eléctrico. Si estamos en aquel círculo vemos series de abrigos hechos a medidas estándar, todos colgados en las altas paredes, llamando a los turistas a obtenerlos e investirse de “lo chilote”…

Nuevamente en Ancud, camino por una población, y toco la puerta de la Sra. María. Pues supe, gracias a mi hermana (muchas voces conforman lo que sé) de su virtuosismo y particularidad. Era su vecina, y me acompañó a presentarle mi deseado diseño.

Conversamos los deseos y dibujamos la idea. Seleccioné, tras revisar la amplia gama, el verde que me cubriría. Ella, entusiasmada por el trabajo proyectado, tomó mis medidas y tal vez, mientras me recorría, pensaba en la inversión del dinero: en la enfermedad del marido hospitalizado o en la comida familiar.

Una sesión más para probar el bosquejo hilvanado, y como no hubo problemas en tres días más tengo mi hermoso abrigo largo y verde que me protegerá de los húmedos vientos del sur y de los secos fríos cordilleranos.

El hermoso abrigo verde y largo fue teñido con anilina, sus partes fueron extraídas de metros de telas tejidas en grandes y rápidos telares (probablemente comprados en Puerto Montt, el continente). El diseño es mío: largo y acinturado, con rasgos… ¿europeos? Pero a pesar de todo, yo sé que su lana procesada cubrió alguna vez a muchas ovejas que pastan de aquel otro verde; en alguna medida la anilina, esa sustancia química, logra evocar los cerros de mi tierra; y así como muchos yanquis, alemanes, argentinos, franceses, etc. y chilenos del continente, me siento portadora de Chiloé.

Mi famoso abrigo es un recordatorio de que aquella isla está cambiando como el resto del mundo, es una alegoría de Chiloé en proceso, con sus kilómetros de bosque nativo y praderas que van disminuyendo, con su artesanía industrializada, con su doña María y las ovejas pastantes. Me cubre y lo porto en mis viajes Chiloé – Santiago, o viceversa. Sobre mi cuerpo la isla mágica se hace itinerante.

II. El ritual de las madres.

La casa estaba dispuesta.

Los peroles con agua hirviendo sobre la estufa a leña esperaban al séquito de madres con las lanas hiladas, con las telas de cebolla, la barba de palo (entre otras plantas), las anilinas de diversos colores, las sales para fijarlos, y sus aires de minga.1

Sólo un hombre acompañó la faena, un camarógrafo: el ritual sería plasmado en una cinta. La experiencia se haría documento.

Mi madre, como las demás, tejía incansablemente sentada junto al fuego.

Cada prenda terminada era presentada en sus reuniones, y tenía que esperar al verano para ser ofrecida al transeúnte que se deleitara con las artesanías de la serpenteada costanera vestida con lanas, conchas, y maderas, y provista de joyas y adornos de viajeros que por la noche instalan sus carpas en alguna playa.

Una vez tuve un amigo castreño, a quien besaba por las calles de su aburrida ciudad mientras su madre confeccionaba abrigos en serie. Eran unos tres modelos que repetía hasta el cansancio, multiplicados por la variedad de colores.

Ella me contó que compraba los metros de tela en Puerto Montt.

Tal vez otro séquito de madres se reunía diariamente en horarios predeterminados por sus jefes a tejer en los telares industriales. Pero a esos hijos no los conocí…

También me dijo que aquellos abrigos se los encargaba una señora que tenía un puesto en el circular mercado.

…Algunas madres porteñas y chilotas son eslabones de una larga cadena… Algunos hijos portamos esos abrigos y nos hacemos parte de esta.

III. Portadores de lo autóctono.

Camino por la isla y observo que la mayoría de los gorros, bufandas, chombas, calcetas y abrigos chilotes no son llevados por mis coterráneos. Es más, la mayoría son alemanes, estadounidenses y santiaguinos. Sin embargo, también reconozco esas vestimentas entre mis amigas. En nosotras también itinera lo supuestamente autóctono.

No. No me identifica usar ese tipo de ropa. Son productos industriales, capitalistas. Para mí no significan lo chilote – me dijo una de ellas.

Qué es “lo chilote”, ¿andar en lancha y a caballo, salir a mariscar todas las mañanas, cuidar la huerta, usar ropa de güiñe2 y botas de goma, comer curantos y pulmay3, milcaos4 y papas, asados al palo y pan amasado?

Tengo una amiga de cuarenta y tantos años que tras recorrer muchos lugares del mundo llegó a vivir a Chiloé. Se compró una parcela entre un bosque y un río, tiene su invernadero, y está deseosa de construirse una balsa de madera y comprarse un caballo. Ya casi no es orfebre. Entonces, ¿quién es el chilote, el que nace en la isla o el que se apropia de su cultura y la practica?

Cada día hay más ciudadanos del mundo, nacemos en un lugar y vamos haciendo raíces. Redes conformadas por nuestro origen, nuestras identidades, y siendo alimentadas por otras tierras, a su vez, les inyectamos nuestra savia, retroalimentándonos.

Somos muchos los que hemos emigrado para estudiar en universidades e institutos, y en cada ciudad dejamos algo de lo nuestro y nos

alimentamos de lo suyo. La transculturación aparece a cada momento.

Puerto Montt, Osorno, Valdivia, Temuco, Valparaíso y Santiago se pueblan cada marzo, mientras en Chiloé las calles se vacían. Pero en el verano la juventud resurge y se toma los espacios públicos. La plaza es el punto de encuentro que se repleta cada noche de verano por variados grupos, los cuales se volverán a encontrar en la botillería más cercana, o en la discotek de la playa. Pueblo en invierno, ciudad en verano, el lugar se vitaliza por los añorados rostros que regresan al nido y por los turistas que volcarán sus bolsillos al servicio de exquisitas comidas, exóticos viajes y particulares prendas.

Así se cumplen los ciclos, entre la temporada escolar/académica y las vacaciones. Uno va y viene entre dos mundos muy distintos, pero complementarios. Renovación constante, personal y familiar. Los viajes marcan dichos ciclos, el constante ir y venir, la espera de la familia, las llamadas preguntando la fecha del regreso. Cambiamos los laberintos de avenidas y bibliotecas por los frondosos y extensos bosques.

Chilotes apropiándose de prácticas santiaguinas: disminuye la entonación peculiar, cambia “gracias” a la Academia y al acento de los que nos rodean. Sin embargo, cuando los isleños – emigrantes se reúnen en la urbe renacen el acento y los modismos inconsciente y conscientemente, casi groseramente para el participante no chilote.

Pero el alejamiento de la ciudad letrada revive el “acento cantadito”

IV

Mujer caminante de verde abrigo recuerda los cerros chilotes y sus animales pastantes.

Mujer caminante de verde abrigo reconoce los cambios y los vive. Recuerda el campo y sus personajes, conoce la urbe y sus personajes.

Mujer caminante de verde abrigo vive la experiencia moderna, tiene un pie en la tradición y otro en la modernidad. Y algunos la deconstruyen y la pintan posmoderna.

Mujer camina con la isla en el cuerpo, con un tejido cultural, con un color simbólico. El verde abrigo la hace mujer – texto.

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