
En el desierto, al interior de su Silencio estelar, agazapados unos a otros, diminutos niños miran hacia la imponente luna, sus caras llenas de temor brillan por sus lagrimas, mientras su tiritar palpitante de dientes y suspiros forman un zumbido ensordecedor. Abrazados fuertemente esperan la luz que se acerca como un remolino de papel en llamas, sus lagrimas comienzan a elevarse y lentamente se evaporan ante la cercanía del astro. Tratan de no llorar, para no enfurecer a su incógnito invitado. La luz se acerca y su calor los acoge, se sienten incluidos. Sus ojos brillan de felicidad al ver tantos colores, tanta fantasía. Su tímida sonrisa comienza a expandirse. Pueden ver a Dios, pueden ver su ardor, su presencia y saltan a su encuentro con las manos en alto. El gran astro sucumbe en la tierra de huesos, y su faz todavía brilla en el infinito, y junto a ella, deambulan las pequeñas almas buscando nuevos cuerpos celestes.
19
Ago
07


























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